Paisajes culturales andaluces ante el cambio climático: tradición y adaptación

El cambio climático y los paisajes culturales de Andalucía

El cambio climático es una realidad ineludible que está afectando tanto al entorno natural como al patrimonio cultural. En Andalucía, los paisajes culturales –entendidos como entornos donde la mano humana y la naturaleza han convivido en equilibrio a lo largo del tiempo– no son ajenos a estos cambios. Fenómenos como el aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas y las precipitaciones torrenciales están alterando ecosistemas tradicionales y poniendo en riesgo prácticas ancestrales asociadas a ellos. Por ejemplo, se observan mayores riesgos de inundaciones en zonas costeras y de desertificación en áreas de secano, lo que amenaza cultivos históricos, dehesas y huertas tradicionales. Estos impactos climáticos no solo ponen en peligro la biodiversidad, sino también los modos de vida y saberes transmitidos de generación en generación en la región.

Frente a esta situación, Andalucía ha comenzado a reflexionar sobre cómo proteger sus paisajes culturales ante el clima cambiante. La clave radica en entender que la cultura y la naturaleza están entrelazadas: las mismas comunidades que modelaron estos paisajes a lo largo de siglos desarrollaron estrategias para adaptarse a su entorno. Ahora, esas estrategias tradicionales cobran nueva relevancia. Autoridades e investigadores señalan la necesidad de preservar el patrimonio cultural ligado al medio ambiente, no solo por su valor histórico, sino como fuente de soluciones para afrontar los retos climáticos actuales. En otras palabras, las prácticas tradicionales andaluzas en agricultura, gestión del agua, construcción y aprovechamiento de recursos podrían ser aliadas importantes para la adaptación al cambio climático en el siglo XXI.

Conocimientos tradicionales como herramienta de adaptación (Proyecto PACTO)

En este contexto nace el proyecto “Paisajes Culturales, Conocimientos Tradicionales y Cambio Climático” (PACTO), una iniciativa del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) orientada a vincular saberes ancestrales con las estrategias de adaptación climática. Tras dos años de estudio, el equipo del IAPH ha constatado que el patrimonio inmaterial –por ejemplo, oficios tradicionales como la saca del corcho– es una herramienta clave en Andalucía para adaptarse y mitigar los efectos del cambio climático. El proyecto PACTO, liderado por el IAPH con la participación de universidades y asociaciones locales, se dedica a identificar y valorar estos conocimientos vernáculos dispersos por la geografía andaluza. Cuenta con el respaldo de la Fundación Biodiversidad (Ministerio para la Transición Ecológica), alineándose con las metas del Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático. Su objetivo general es claro: identificar, registrar y transmitir prácticas tradicionales útiles para la adaptación, integrándolas en las políticas de conservación del patrimonio y del medio ambiente.

Un balate o muro de piedra seca en el Barranco del Poqueira (Granada), construcción tradicional empleada para crear terrazas agrícolas en laderas montañosas. Técnicas así, reconocidas incluso como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, ayudan a evitar la erosión del suelo y demuestran cómo el conocimiento tradicional contribuye a la sostenibilidad ambiental. En Andalucía su uso se remonta a siglos atrás, y hoy recobra valor ante las amenazas climáticas.

La investigación de PACTO ha sacado a la luz un rico inventario de saberes tradicionales asociados a los paisajes culturales andaluces. Estos conocimientos comprenden técnicas y prácticas de manejo sostenible de recursos que comparten un denominador común: favorecen la resiliencia ecológica y cultural del territorio. Entre los ejemplos identificados se encuentran:

  • Pesca sostenible, con artes de pesca tradicionales que evitan la sobreexplotación y respetan los ciclos naturales.
  • Manejo del bosque mediterráneo, como las prácticas de poda y recolección controlada que previenen incendios y mantienen saludable la masa forestal.
  • Saca del corcho, un oficio ancestral en alcornocales (suelos de alcornoques) donde la extracción periódica de la corteza del árbol se realiza sin dañarlo, fomentando la regeneración y fijación de CO₂.
  • Apicultura tradicional, aprovechando las abejas para polinizar cultivos y obtener miel, actividad que además indica la buena salud del ecosistema.
  • Producción y uso de la cal y del carbón vegetal, saberes artesanales que implican el uso eficiente de recursos naturales (madera, piedra caliza) y cuyo producto se ha empleado históricamente en construcción y agricultura.
  • Trashumancia y ganadería extensiva, es decir, el pastoreo itinerante que mueve el ganado según las estaciones en busca de pastos frescos, evitando la sobrecarga de un mismo terreno y favoreciendo la diversidad vegetal.
  • Selección de razas ganaderas resistentes, mediante la cría y mantenimiento de variedades autóctonas de animales adaptados a condiciones extremas (sequía, orografía difícil), reduciendo la necesidad de insumos externos.
  • Construcción de balates de piedra seca, como el de la imagen, muros sin argamasa que conforman terrazas agrícolas en zonas de pendiente; evitan la erosión del suelo y aprovechan al máximo el agua de lluvia en cultivos de secano.

Cada uno de estos saberes tradicionales aporta soluciones basadas en la naturaleza y en la cultura local. Lejos de ser meras curiosidades del pasado, muchas de estas prácticas resultan sorprendentemente eficaces para enfrentar problemas actuales derivados del cambio climático, como la escasez hídrica, la erosión del suelo o la pérdida de biodiversidad. PACTO pone de relieve que la innovación no proviene solo de la tecnología moderna, sino también de mirar al pasado y recuperar la sabiduría de las comunidades rurales. Al registrar estos conocimientos y técnicas, el proyecto busca no solo documentarlos, sino también reactivarlos allí donde se estén perdiendo, de modo que las nuevas generaciones puedan beneficiarse de ellos.

Estrategias de adaptación y conservación en marcha

Identificar estos saberes es solo el primer paso. El siguiente desafío es convertirlos en estrategias prácticas de adaptación y conservar los paisajes culturales vinculados a ellos. El equipo del IAPH está evaluando el potencial de cada conocimiento tradicional para mitigar impactos específicos del cambio climático. Por ejemplo, prácticas agrícolas adaptadas al régimen de secano pueden ser vitales para afrontar futuras sequías, mientras que técnicas constructivas como los balates refuerzan la tierra ante lluvias torrenciales. Una vez valorada su eficacia, estos conocimientos se proponen como guardianes del territorio, protegiendo lugares de alto valor cultural y ecológico. En otras palabras, se integrarán en planes de gestión patrimonial y ambiental como herramientas vivas, no solo como patrimonio folclórico.

Para lograr esta integración, PACTO y el IAPH están desarrollando criterios y recomendaciones que sirvan de guía a las administraciones y comunidades locales. Dichas recomendaciones se presentaron en un simposio internacional celebrado en Sevilla, donde medio centenar de especialistas (científicos, gestores y depositarios de saberes tradicionales) debatieron cómo incorporar estos conocimientos a las políticas públicas. El resultado esperado es que esta investigación nutra futuros documentos de planificación, desde el Plan Nacional de Paisaje Cultural hasta programas de educación ambiental. De hecho, ya se contempla incluir medidas transversales en los Planes Nacionales de Patrimonio Inmaterial, Paisaje Cultural, Arquitectura Tradicional y Educación, para asegurar que la adaptación al cambio climático sea un esfuerzo coordinado entre sectores culturales, ambientales y educativos.

Otra estrategia importante es la divulgación y sensibilización. El IAPH tiene previsto lanzar un espacio web interactivo con acceso público donde volcar toda la información recopilada sobre los saberes andaluces, junto con ejemplos de buenas prácticas internacionales. Asimismo, se están elaborando materiales didácticos para acercar este conocimiento tradicional a la sociedad y a las escuelas. Esto significa que, además de los técnicos y académicos, la población general podrá aprender cómo nuestros antepasados lidiaron con las adversidades climáticas y cómo esas lecciones pueden aplicarse hoy. Con iniciativas de educación patrimonial y climática, Andalucía busca crear una conciencia colectiva de que la lucha contra el cambio climático también pasa por rescatar la memoria cultural de sus pueblos.

El papel del IAPH en la protección de los paisajes culturales

El Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, entidad impulsora de PACTO, juega un papel crucial en el estudio y protección de los paisajes culturales de la región. Este centro, perteneciente a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, lleva años trabajando en la identificación y documentación de los paisajes de mayor interés cultural en Andalucía. Fruto de ello es un registro de 117 paisajes culturales catalogados por el IAPH, que abarcan una gran diversidad de entornos. En la lista figuran desde los famosos viñedos de Jerez (Cádiz) y Montilla (Córdoba), pasando por paisajes agrarios como la vega de Carmona (Sevilla) o el valle alto del Genal (Málaga), las dehesas corcheras de la Jara (Córdoba) o del Chanza (Huelva), hasta salinas costeras como las del Cabo de Gata (Almería) o puertos pesqueros tradicionales como el de Isla Cristina (Huelva). Cada uno de estos sitios constituye un mosaico único de patrimonio natural y cultural, donde prácticas humanas se han adaptado al medio local creando equilibrio y singularidad.

El IAPH no solo cataloga estos paisajes, sino que también impulsa su salvaguarda activa. A través de proyectos como PACTO, el instituto demuestra un enfoque innovador: proteger el patrimonio cultural no consiste únicamente en conservar monumentos o tradiciones aisladas, sino en mantener vivos los sistemas culturales completos –el entramado de saberes, usos del suelo, oficios y costumbres ligados a un lugar. En colaboración con antropólogos, ecólogos, historiadores y las propias comunidades locales, el IAPH estudia cómo los cambios ambientales actuales impactan en esos sistemas y qué medidas de adaptación son necesarias. Al liderar el debate sobre patrimonio y cambio climático, el IAPH sitúa a Andalucía en la vanguardia de un movimiento internacional que aboga por unir la conservación del patrimonio con la acción climática. Su labor sirve de modelo para otras regiones, mostrando que el patrimonio cultural puede ser dinámico y útil frente a los desafíos globales.

De Andalucía a Melilla: aprendizajes interculturales frente al clima

Las experiencias desarrolladas en Andalucía ofrecen valiosas lecciones que trascienden su ámbito geográfico. Ciudades como Melilla, con contextos ambientales y culturales diferentes pero igualmente desafiantes, pueden inspirarse en este enfoque. El conocimiento tradicional es un patrimonio universal: comunidades de todo el mundo han creado soluciones locales para sobrevivir y prosperar en entornos adversos. En el caso melillense, enclave donde confluyen culturas mediterráneas y norteafricanas, la adaptación al cambio climático podría enriquecerse con una perspectiva intercultural. Por ejemplo, Melilla comparte con Andalucía un clima mediterráneo semiárido donde el agua es un recurso precioso; allí, prácticas tradicionales como la recogida de aguas pluviales, el uso eficiente de aljibes o la agricultura de oasis podrían rescatarse del saber popular. Del mismo modo, la arquitectura vernácula –desde las casas encaladas con patios frescos típicas del sur de España hasta las técnicas constructivas del norte de África pensadas para ventilar y reducir el calor– ofrece soluciones bioclimáticas que cobran relevancia ante veranos más cálidos. Son saberes de distintas raíces culturales, pero con un objetivo común: hacer habitable el territorio de forma sostenible.

La interculturalidad, en este sentido, se convierte en una fortaleza. Melilla, con su mosaico cultural (comunidades de origen peninsular, bereber/amazig, sefardí, hindú, entre otras), es depositaria de múltiples conocimientos tradicionales que podrían ponerse en valor frente al cambio climático. Al igual que el proyecto PACTO ha reunido a expertos y portadores de tradición en Andalucía, en Melilla podría fomentarse el encuentro entre mayores de distintas comunidades para compartir cómo afrontaban antaño las dificultades del clima. Quizá descubriéramos soluciones olvidadas: desde técnicas de reforestación y plantación que frenen la erosión en las laderas circundantes, hasta calendarios agrícolas adaptados a las lluvias erráticas o formas de construcción adaptadas a las tormentas de viento. Incorporar estas perspectivas diversas en la planificación urbana y ambiental de Melilla no solo ayudaría a mitigar los efectos del clima, sino que además reforzaría el vínculo de la población con su patrimonio cultural inmaterial.

En conclusión, la adaptación de los paisajes culturales andaluces al cambio climático –tal y como promueve el IAPH con PACTO– nos enseña la importancia de aprender de nuestras raíces para encarar el futuro. La riqueza de conocimiento generado en Andalucía puede servir de guía e inspiración en contextos similares al de Melilla. Al fin y al cabo, la lucha contra el cambio climático no entiende de fronteras: requiere de la colaboración entre pueblos y de la combinación de saberes científicos con saberes tradicionales. En ese camino, el diálogo intercultural emerge como una herramienta poderosa. Melilla, puente entre continentes y crisol de culturas, está en una posición privilegiada para tomar estas experiencias y adaptarlas a su realidad, demostrando que el patrimonio cultural –ya sea andaluz, melillense o de cualquier lugar– es un aliado estratégico en la construcción de un futuro resiliente y sostenible.

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