COMUNIDAD Gitana

Comunidad gitana de Melilla

La comunidad gitana forma parte de la historia social y cultural de Melilla desde mucho antes de lo que tradicionalmente se considera. Aunque durante un tiempo se sitúa la llegada de las primeras familias a finales del siglo XIX, la documentación histórica acredita la presencia de personas identificadas como gitanas desde el siglo XVII. Los registros parroquiales recogen distintos testimonios de esta presencia durante la Edad Moderna, entre ellos actas de defunción y enterramientos relacionados con personas que se encuentran en Melilla como sirvientes, desterrados o integrantes de los sectores sociales más desfavorecidos.

Estas referencias tempranas no permiten hablar todavía de una comunidad estable y organizada en términos similares a los actuales, pero sí demuestran que la presencia gitana se integra en la historia de la ciudad desde hace varios siglos. La situación de estas personas se relaciona con las políticas de persecución, control, confinamiento y exclusión que afectan al pueblo gitano en la península y que explican su llegada a plazas militares y presidios norteafricanos.

El siglo XIX representa un cambio sustancial en este proceso. La expansión económica de Melilla, favorecida por su condición de puerto franco, el crecimiento de la actividad comercial y la llegada de tropas y regimientos tras la Guerra de Margallo, convierte la ciudad en un foco de atracción para familias que buscan nuevas oportunidades. En los padrones municipales de comienzos de la década de 1890 aparecen varias familias con apellidos vinculados a la comunidad gitana, asentadas inicialmente en la Ciudad Vieja, en calles como San Miguel, Santiago o la calle del Horno, así como en el barrio del Mantelete.

Las procedencias familiares documentadas se concentran principalmente en tres áreas peninsulares: la bahía de Cádiz y Algeciras; el litoral malagueño, especialmente Torrox y Nerja; y el Levante andaluz y murciano, con referencias a Almería y Águilas. Estas procedencias ayudan a comprender las características culturales de la comunidad gitana melillense, sus formas de habla, sus repertorios flamencos, sus prácticas culinarias y sus relaciones familiares con distintos territorios del sur y sureste peninsular.

La expansión de la ciudad fuera de sus recintos históricos provoca nuevos desplazamientos residenciales. A comienzos del siglo XX, una parte importante de la comunidad se establece en las denominadas popularmente Barracas de San Francisco, situadas en las laderas que conectan la parte alta de la ciudad con el barrio del Polígono. Este espacio adquiere un profundo significado en la memoria colectiva de las familias gitanas melillenses.

Las Barracas de San Francisco no constituyen únicamente un lugar de residencia. En la memoria de sus antiguos habitantes representan un entorno de convivencia familiar y vecinal, ayuda mutua, intercambio cultural y transmisión de conocimientos. En sus calles y viviendas se comparten comidas, celebraciones, músicas, relatos y prácticas cotidianas entre familias gitanas y vecinos pertenecientes a otras comunidades. Aunque las condiciones materiales son difíciles y existen importantes carencias de saneamiento, alumbrado y vivienda, los testimonios conservan el recuerdo de un barrio caracterizado por la solidaridad y la convivencia.

Con el crecimiento urbano, las familias gitanas se extienden progresivamente por otros barrios, entre ellos Ataque Seco, Monte María Cristina, el Tesorillo, el barrio Hebreo, el Zoco de Reina Regente, Calvo Sotelo y, posteriormente, Tiro Nacional, Minas del Rif, el Real, la Victoria y otras zonas de la ciudad. La construcción de viviendas sociales mejora sustancialmente las condiciones residenciales, pero también dispersa el antiguo núcleo vecinal y transforma las redes cotidianas de convivencia que se desarrollan alrededor de las Barracas de San Francisco.

La evolución de la comunidad gitana se encuentra igualmente vinculada a la expansión española por el norte de África. Las relaciones familiares y laborales se extienden por distintas localidades del Protectorado, entre ellas Nador, Tetuán, Tánger, Larache, Alhucemas y Ceuta. Esta movilidad genera redes familiares y profesionales que conectan Melilla con el territorio norteafricano, la península, las islas Canarias y, de forma más puntual, distintos países de América Latina y Europa.

Uno de los factores que favorece la integración social y laboral de numerosos hombres gitanos es su incorporación al Ejército y a los cuerpos militares destinados en Melilla y su entorno. La Legión, los Grupos de Regulares y otras unidades ofrecen ingresos regulares, estabilidad profesional y reconocimiento social a personas procedentes de familias que encuentran importantes dificultades para acceder a otros empleos. La vinculación militar se suma a oficios como la venta ambulante, la herrería, la hojalatería, el esquileo, la elaboración y venta de churros o el trabajo como matarifes.

La independencia de Marruecos y el final del Protectorado transforman nuevamente las condiciones económicas y laborales de la comunidad. Parte de las familias que residen en localidades del territorio marroquí regresan a Melilla, mientras otras emigran hacia la península, las islas Canarias y distintos países latinoamericanos. A pesar de estos desplazamientos, se mantienen los vínculos familiares, las visitas y las relaciones de solidaridad con quienes permanecen en la ciudad.

En las últimas décadas del siglo XX se consolida una distribución más dispersa de la población gitana por el conjunto del espacio urbano. La comunidad se percibe plenamente vinculada a Melilla y participa activamente en su vida social, laboral, religiosa y cultural. Al mismo tiempo, desarrolla un proceso de visibilización pública y reconocimiento institucional mediante asociaciones, actividades educativas, celebraciones conmemorativas y propuestas destinadas a difundir su historia y su patrimonio cultural.

Entre estas iniciativas destaca la celebración del Día Internacional del Pueblo Gitano, que favorece la difusión pública de su identidad, su historia, sus símbolos y sus reivindicaciones. Estas actividades permiten reconocer a la comunidad gitana como una de las comunidades históricas de Melilla y superar los discursos que reducen la diversidad cultural de la ciudad a un número limitado de grupos.

Manifestaciones culturales

La identidad cultural de la comunidad gitana de Melilla se expresa mediante un conjunto amplio de prácticas sociales, celebraciones, conocimientos y formas de relación. La familia constituye el principal espacio de pertenencia y transmisión. A través de ella se comunican valores, recuerdos, normas de comportamiento, conocimientos culinarios, repertorios musicales y formas de interpretar las relaciones entre generaciones.

El respeto a las personas mayores ocupa una posición central. Los mayores conservan la memoria de los lugares de residencia, las relaciones familiares, los oficios, los desplazamientos, las celebraciones y las transformaciones experimentadas por la comunidad. Su conocimiento no se limita a la transmisión de hechos históricos, sino que incorpora maneras de comportarse, resolver conflictos, mantener la solidaridad y reconocer las obligaciones derivadas del parentesco.

Las mujeres desempeñan un papel fundamental como transmisoras de la cultura familiar. Sus conocimientos abarcan la crianza, la alimentación, las celebraciones, el cuidado de la salud, las relaciones de parentesco, los duelos y otras prácticas comunitarias. Al mismo tiempo, su participación social, educativa y profesional muestra la capacidad de la comunidad para transformar determinados roles sin renunciar necesariamente a los valores con los que sus integrantes se identifican.

Las bodas

Las bodas constituyen una de las manifestaciones más representativas de la vida familiar y comunitaria. No se limitan a la unión de una pareja, sino que articulan relaciones entre familias, refuerzan vínculos de parentesco y generan un amplio espacio de participación social. En ellas intervienen familiares, amistades y vecinos, y la celebración puede prolongarse durante varios días.

El ceremonial se adapta a las decisiones de cada familia y convive con el matrimonio civil y con las ceremonias religiosas católicas o evangélicas. Algunas familias mantienen prácticas vinculadas al noviazgo, el pedimento y determinados ritos nupciales, mientras otras reinterpretan o abandonan parte de estas costumbres. Esta diversidad debe documentarse sin presentar las bodas gitanas como un modelo único, obligatorio o invariable.

La música ocupa un lugar destacado en estas celebraciones. Cajones, guitarras, palmas, cantes y bailes acompañan los momentos de encuentro y convierten la boda en un espacio privilegiado para la expresión y transmisión del flamenco. Rumbas, bulerías, alegrías y otros estilos se interpretan en contextos familiares en los que participan personas de distintas edades.

El flamenco

El flamenco constituye una de las expresiones culturales más visibles de la comunidad gitana melillense. Su aprendizaje se produce tradicionalmente en el ámbito familiar y vecinal, mediante la observación, la escucha y la participación desde la infancia. No depende exclusivamente de una enseñanza formal: se aprende en las reuniones familiares, las bodas, los bautizos, las fiestas y los encuentros espontáneos.

En las Barracas de San Francisco y en otros barrios, el cante, el toque y el baile acompañan las tareas domésticas, las celebraciones y los encuentros cotidianos. Cualquier reunión puede convertirse en un corrillo musical en torno a una guitarra, un cajón, unas palmas o el golpe de los nudillos sobre una mesa. El flamenco funciona así como una forma de comunicación colectiva, capaz de expresar alegría, dolor, memoria, identidad y pertenencia.

La tradición flamenca melillense incorpora influencias procedentes de Cádiz, Málaga, Granada, Almería y Murcia, de acuerdo con el origen de muchas de las familias asentadas en la ciudad. También refleja el contacto con otras comunidades melillenses y con el entorno norteafricano. Algunas composiciones mencionan expresamente lugares como las Barracas de San Francisco, la fuente del Bombillo, Nador o la Morería, convirtiendo el paisaje urbano y fronterizo en parte de la memoria musical de la comunidad.

La transmisión del flamenco se mantiene mediante las familias, los grupos musicales, las peñas, los certámenes, las actuaciones y los talleres. Junto a las figuras reconocidas, existe un amplio patrimonio interpretativo de carácter doméstico que permanece fuera de los escenarios y que resulta esencial para comprender el valor cultural del flamenco en Melilla.

Cultura alimentaria

La cultura alimentaria constituye otra manifestación relevante. Se caracteriza por los guisos, los platos de cuchara, las legumbres, el arroz, las verduras, las carnes y los dulces asociados a determinadas celebraciones. Entre las elaboraciones documentadas se encuentran el arroz con pava, los gurullos, los potajes, los roscos, los pestiños y los borrachuelos.

Las recetas se transmiten fundamentalmente mediante la práctica y la observación, sin medidas estrictas ni instrucciones escritas. Cocinar “a ojo”, reconocer el punto de cocción o adaptar las cantidades al número de familiares y visitantes son conocimientos adquiridos por experiencia. La preparación y el consumo de los alimentos refuerzan la hospitalidad, el intercambio entre vecinos y la solidaridad familiar.

Estas prácticas culinarias muestran además la relación de la comunidad gitana con el contexto melillense. Junto a recetas de procedencia andaluza y levantina aparecen influencias de la cocina amazigh y norteafricana, tanto en los ingredientes como en algunas elaboraciones y formas de comensalidad. La alimentación se convierte así en un espacio cotidiano de intercambio intercultural.

Tradición oral y religiosidad

La tradición oral comprende relatos familiares, recuerdos de los barrios, expresiones, formas de nombrar el parentesco y determinadas palabras procedentes del caló. Aunque este vocabulario no se utiliza necesariamente como una lengua completa de conversación, algunas palabras y expresiones permanecen en contextos familiares y comunitarios.

La religiosidad también ocupa un lugar significativo. Una parte de la comunidad participa en el cristianismo evangélico, especialmente a través de la Iglesia Evangélica Filadelfia, donde la oración, la predicación, los cantos de raíz flamenca y la acción solidaria forman parte de la vida colectiva. Otras familias mantienen su vinculación con el catolicismo o articulan sus prácticas religiosas de acuerdo con sus propias trayectorias.

La comunidad gitana forma parte inseparable de la historia y de la diversidad cultural de Melilla. Su presencia se manifiesta en la memoria de barrios como las Barracas de San Francisco, en la importancia de la familia y de las personas mayores, en las bodas, en la música, en la gastronomía y en una forma de entender la convivencia basada en los vínculos de parentesco, la solidaridad y el respeto.

Muchas de estas tradiciones se mantienen vivas porque continúan practicándose y transmitiéndose dentro de las familias. Otras se transforman y se adaptan a las nuevas formas de vida, a la dispersión de la comunidad por los distintos barrios y a las decisiones de las generaciones más jóvenes.

El flamenco sigue siendo una de sus expresiones más reconocibles, tanto en las actuaciones públicas como en los encuentros familiares. Junto a él perviven recuerdos, recetas, relatos, celebraciones y formas de relación que reflejan la larga trayectoria de la comunidad gitana en la ciudad.

Conocer este legado permite comprender mejor la historia de Melilla y reconocer la aportación de una comunidad que participa activamente en su vida social, cultural y religiosa. La cultura gitana melillense no pertenece únicamente al pasado: continúa expresándose, cambiando y enriqueciéndose en el presente.